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sábado, 7 de septiembre de 2013

DESPUÉS DE 25 AÑOS: LA HISTORIA CONTINÚA

Hace 25 años, en 1988, el intelectual norteamericano Francis Fukuyama publicó su famoso “¿El fin de la historia?”, cuyo argumento principal era que, tras la derrota del “sistema comunista” y la evidente supremacía del capitalismo, el liberalismo económico y político aparecía como el único sistema capaz de dar estabilidad y bienestar al conjunto de la humanidad. Vencido el fascismo en 1945, vencido el comunismo en 1989, liberada al fin de las trabas y los costes derivados de la “guerra fría”, la democracia liberal sería capaz de desplegar todo su potencial y cumplir las promesas que desde el final de la II Guerra Mundial constituían el ideario del mundo libre. Nada más y nada menos.


Ciertamente, la hipótesis de qué habría sucedido si “el sistema comunista” se hubiera visto liberado de los costes de la “guerra fría” no entraba en los razonamientos de Fukuyama. Como tampoco el caso de un hipotético triunfo del reformismo húngaro de 1956 o la “primavera de Praga” del 68. Ni se asoma tampoco su análisis a los efectos que la existencia del llamado “socialismo real” produjo en la creación del Estado del Bienestar en el mundo libre. Esa, debió pensar nuestro hombre, era otra historia.


Con final de la historia o sin él, de lo que no cabe dudar es de que la década “neocon” de Thatcher y Reagan en los ochenta había creado las condiciones para aquel sorpasso histórico. La ofensiva contra el Estado del Bienestar y todo lo que oliera a “público”, es decir, contra cualquier idea o política de igualdad, coincidiendo en el tiempo con la involución de la Iglesia de Juan Pablo II hacia posiciones preconciliares y el enfrentamiento con los movimientos de la “teología de la liberación”, permitió a las derechas mundiales colocar en el imaginario colectivo, lo que siempre soñaron, el mantra, hoy universal, de que no hay alternativa. Sobre ese eje, acríticamente aceptado incluso en el mundo progresista, se ha construido la hegemonía del pensamiento conservador y reaccionario: enriquecimiento sin trabas para unos, caridad asistencial para otros. Es decir, no el liberalismo, sino el neoliberalismo.


Si ya en 1992, en pleno supuesto final de la historia, Josep Fontana reivindicaba el uso de esta herramienta de conocimiento contra aquellas falacias (“La historia después del fin de la historia”), cuando se cumplían veinticinco años de aquello volvió sobre este asunto en un imprescindible artículo de la revista Claves (“El triunfo del capitalismo realmente existente”) para desmentir el final vaticinado por Fukuyama.

Cree Fontana que el mundo puede observarse desde cuatro variables fundamentales, la paz, la libertad, la democracia y la pobreza, para evaluar cualquier posible “post-historia”:

· De la primera, la paz, lo menos que puede decirse es que no la hemos conocido. En torno a 1500 millones de personas sobreviven en espacios afectados por ciclos repetidos de violencia. Según datos de ACNUR hay un total de 10,55 millones de personas refugiadas de esos conflictos en campos de acogida. Mientras tanto, la industria de armamento aumenta exponencialmente su producción y la vende, sobre todo, a países “en vías de desarrollo” condenándolos a ese ciclo infernal de la guerra y el subdesarrollo.

· Sobre la democracia, pese a su mayor extensión geográfica, no se puede ser complaciente cuando el “mundo libre” apoya y sostiene por todas partes a dictadores sanguinarios, como Obiang Nguema, monarquías absolutas como la saudí o gobernantes corruptos como el de Kirguistán. Algunas de las “nuevas democracias” se limitaron a copiar la formalidad parlamentaria, sin incorporar libertades ni derechos humanos. Ni siquiera las viejas democracias están a salvo de retrocesos de la libertad y el derecho.

· En cuanto a la libertad no hay más remedio que señalar los procesos que la socavan: nuevas formas de trabajo forzado a que son sometidos los trabajadores extranjeros en los propios Estados Unidos (15000 cada año), o la vieja esclavitud que pervive en Mauritania (125.000) o Níger (180.000). Las estimaciones más prudentes de la OIT hablan de no menos de 12,3 millones de trabajadores forzados, pero serían más del doble según otros. A ello hay que añadir el tráfico criminal de seres humanos (entre 600.000 y 800.000 al año), especialmente mujeres y niños, para su explotación sexual o laboral, lucrativo negocio sólo comparable al de armas o drogas.

· Y luego están la pobreza y el hambre que afectan directamente a más de mil millones de personas y cada vez más se da también en países de ingresos medios y dentro de la sociedad opulenta, en forma de cuarto mundo (50 millones de norteamericanos estaban en 2010 insuficientemente alimentados). Con un proceso de urbanización desbocado, se calcula que en 2030 dos tercios de la población mundial habitarán en núcleos urbanos del mundo subdesarrollado y la mayor parte de los que se habrán integrado en ellos serán pobres. La crisis actual aumentará hasta entre 200.000 y 400.000 al año las muertes de niños por malnutrición, mientras otros 44 millones sufrirán daños físicos o mentales permanentes. Mientras uno de cada tres africanos sufría crónicamente hambre en 2010, el continente importaba cada año alimentos por un valor de 33.000 millones de dólares y recibía 3.000 millones más en forma de ayuda alimentaria, un sistema irracional donde los haya.

Este es el triunfante “capitalismo realmente existente”, liberado del “socialismo realmente existente” y debilitadas, cuando no anuladas, las fuerzas que se oponían en el interior de sus propios países a su despliegue cultural, político, económico y militar. Este es el mundo “después de la historia” en el que nos encontramos, el reino de la desigualdad, la “explosión del desorden”. Pero, queremos creer que habrá resistencias, ya las ha habido con más o menos recorrido. La pregunta es cuándo y cómo, ante la magnitud de lo descrito, ante la globalidad de las protestas, surgirá una izquierda mundial, que empiece por desmentir falsos finales. Y en el camino, cuándo y cómo se va construyendo una izquierda europea, que asuma la responsabilidad de representar el sufrimiento de millones de personas que ven esfumarse el espejismo del bienestar. Una izquierda reinventada que sea capaz, desde el interior de las sociedades, de “actuar y pensar, local y globalmente”, reconstruyendo un nuevo proyecto igualitario. Los primeros síntomas de que es posible esa izquierda europea, nueva y plural, deberían aparecer en las próximas Elecciones Europeas de 2014, para dar carta de nacimiento, de una vez por todas, al famoso y escurridizo “demos europeo”. Pero eso requiere el compromiso de globalizar derechos y no capitales, es decir, un internacionalismo que habíamos olvidado.

Fran Sanz y Pepe Reig, 
militantes socialistas y miembros de Foro Ético


Este artículo es responsabilidad y opinión de sus firmantes. Los comentarios, vertidos por las personas visitantes, son responsabilidad de las mismas.

viernes, 12 de abril de 2013

Capitalismo sin democracia.


"Porque de empezar de nuevo se trata, aunque con una urgencia mayor, por razones que tienen que ver con las condiciones de supervivencia digna de la humanidad y con procesos de descomposición cívica que no son difíciles de detectar en nuestra cultura contemporánea. El problema es que las certidumbres son menos y las fuerzas más dispersas. Se dispone, cierto es, de algunos activos, entre los que se han de incluir un conocimiento no despreciable de los procesos sociales, una capacidad para mirar con más limpieza el pasado y, si se quiere, de unos fracasos que al menos recuerdan como no intentarlo de nuevo.”
EL SOCIALISMO DESPUÉS DE TRES FRACASOS
Félix Ovejero Lucas
CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA nº 91. 1999

La hoja de ruta marcada por la dirección del Partido Socialista no parece adecuarse a la grave crisis social, económica, política y cultural que padecemos, llevamos padeciendo y cuya salida no se encuentra en un inmediato futuro.


Asistimos a un retroceso gigantesco en derechos que creíamos consolidados, pensábamos que la democracia nos protegía de los posibles ataques a ese conjunto de derechos, fruto de luchas y consensos, que nos dotaban del estatuto de ciudadanía, que articulaba, con sus inevitables tensiones, las grandes ideas ilustradas de la igualdad y la libertad, que disponía de un horizonte de mayor bienestar para el mayor número de personas.

Observamos cómo se cierran algunos caminos que nos resultan conocidos y nos daban una cierta seguridad, pero no es la hora de viejas verdades pensadas para un orden que ya no existe. Los cambios son de tal magnitud y aceleración que no podemos permanecer impasibles a la espera de que las cosas vuelvan a sitios ciertos y reconocibles.

Debemos ser capaces de vivir en la incertidumbre, en un mundo líquido frente a la solidez del pasado, en una sociedad fragmentada e individualizada, compleja e indefensa. Pero esa incertidumbre no puede ser abordada con el actual modelo de partido, ni tampoco diseñando tímidos mensajes que apuntan cambios para que nada cambie, de tal modo que nos hurtamos y hurtamos a la sociedad la profundidad de las patologías que hemos ido acumulando con el pasar de los años, hasta el punto de no resultar reconocibles para una ciudadanía más capaz e informada, la ciudadanía que debe ser la base social en la que se apoye cualquier proyecto progresista, con la que habrá que emprender la recomposición del paisaje después de la batalla.

Sin embargo, con todas las incertidumbres sabemos que caminamos a una especie de “capitalismo sin democracia”, un sistema que inhabilita a la izquierda para cualquier reforma, que deja a los más desfavorecidos desamparados, a los trabajadores aislados, a las mujeres sometidas, a los jóvenes sin presente, ni futuro, a los enfermos y a los mayores desprotegidos, a los inmigrantes estigmatizados, a las minorías excluidas. Es la senda que cambiará a los ciudadanos por súbditos, un retroceso de décadas hacia un “sálvese quien pueda” sobre el que no cabrá un mínimo vigor democrático, un escenario que requiere sindicatos debilitados, sociedad desarticulada y partidos progresistas domesticados.

Es una evidencia empírica que, fundamentalmente tras la II Guerra Mundial, los gobiernos socialistas europeos fueron capaces de dotar a sus sociedades de mayores cotas de igualdad y libertad. Sin embargo, también es una evidencia que, durante las tres últimas décadas, asistimos a una ofensiva conservadora mediante la que el Estado del Bienestar, asentado en la política y la intervención institucional, un espacio público reconocible y una base social consistente, ha ido siendo limado pacientemente, acompañando y estimulando los propios cambios que objetivamente han ido produciéndose.

Es pues el momento inaplazable de recuperar la política, sabedores de que su papel será más modesto que en el pasado y también que tendrá que estar más abierta al conocimiento de la complejidad y del cambio imprevisible.

La hoja de ruta de la izquierda, debe responder a los problemas inmediatos, sin descuidar la perspectiva de futuro, debe acompasar el proceso y el proyecto, lo que requiere la reconstrucción del espacio público, reconstrucción que sólo puede nutrirse de más democracia y más ciudadanía, mediante el que puedan definirse desde el presente, objetivos inmediatos capaces de atraer a quienes deben realizarlo, con la suficiente consistencia para evitar, en lo posible, comportamientos o funcionamientos incompatibles con el proyecto igualitario.

Y lo cierto es que ahora es, más que nunca, el tiempo de la política, de otra política, de la política como bien público que define donde quiere ir y cómo puede llegar. Pero, no hay proyecto igualitario posible sin reconocimiento de los errores cometidos, sin aprendizaje de las dificultades encontradas, u ocultando los problemas.

Tenemos problemas de democracia interna, deberíamos haber aprendido que los procesos democráticos se llevan mal con la lógica del mercado, la lógica del interés. Tenemos una idea minimalista de la democracia, aunque ni siquiera –frecuentemente- las formas son respetuosas con la misma, olvidamos que la lógica del interés se impone cuando este se oculta, laminando la crítica, la deliberación y las buenas razones. Y, tras esa lógica, crece el clientelismo como antesala de la corrupción. Debemos, siguiendo a Paolo Flores D’Arcais, “tomarnos la democracia en serio”. El partido debe ser una escuela de la democracia.

Tenemos problemas de base cívica, un proyecto igualitario no se puede sustentar sin una “red moral”, sin una base cooperativa, no es posible que el espacio público, construido con tanto esfuerzo, sobreviva sumando intereses individuales y olvidando una mínima conducta cívica, una cosa es no creer en un ingenuo y voluntarista altruismo y otra creer que todos nuestros genes son egoístas. El partido debe ser un espacio público, lugar de encuentro y cooperación, estimulo de lo mejor de cada uno de nosotros.

Urge afrontar estos problemas, urge poner en marcha mecanismos de apertura del partido, de participación ciudadana y de democracia avanzada. Urge, reconstruir el partido a través de primarias abiertas a la sociedad para las elecciones de los cargos públicos, desde las presidencias del Gobierno del Estado a las de las CCAA, de las alcaldías de determinadas poblaciones, a las próximas elecciones europeas, a las Cortes y a les Corts.

No existen razones poderosas para no hacerlo.



Por Fran Sanz, abogado y militante socialista.
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